lunes, 28 de mayo de 2012

Ayer entendí eso que sólo el cine me hace sentir y que me incomodaba tanto al mirar fijamente al espejo (como un jersey de lana demasiado viejo con esos pinchitos que se le pegan en el campo). Y es que con el cine he aprendido a soñar. Es una relación visceral entre sentir y dormir lo que no puedo vivir, entre la muerte y la vida misma en un pedazo de saco de ideas, guiones, besos y disparos en dos dimensiones, y un conjunto de actores bien o mal pagados.

Me gusta el cine desde pequeñita: aprovechar la adrenalina de un conjunto de extraños que en una hora y media esperan ver algo más allá de lo que a diario les muestra la vida, sea en la proyección que se presenta delante o en el escote atrevido de la compañera de al lado.

Me gusta el cine por su música, y porque, a diferencia de escribir o pensar, no duele tanto y la caprichosa realidad se hace cada vez más afable gracias al presupuesto de Hollywood (que, curiosamente, es lo que menos me gusta).

[a veces] La vida es eso: un cortometraje. Un guión, unos actores, un escenario y unas palomitas. Pero [a veces] la vida es más: una película, una entrada súbita del protagonista sobre el que cae el foco principal, una banda sonora, un paisaje, sonidos y aromas que se alargan de la pantalla hasta calarte los huesos y, sólo entonces, entiendes el arte del que te hablo y mi pequeña faceta cinéfila.

domingo, 6 de mayo de 2012

¡La felicidad sólo es real cuando se comparte!

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La vida congelada, los momentos cotidianos que robamos al olvido, son sólo estaciones de paso en este incierto viaje que muchos llaman vida, otros ilusión, otros camino hacia un destino cuyo nombre no conocemos, pero cuya naturaleza última nos está vedada hasta que llegamos.

Confío en que esto vale más que la balanza inútil entre lo bueno y lo malo, más que el equilibrio inexistente entre entrarte y salirnos del mundo en un par de abrazos y tres noches. Espero no perder arte en el darte la mano. Y espero que algún día las personas banales, los robos por de-más y los coitos sin amor o por puro placer dejen de existir y evolucionen en algo menos mediocre y doloroso. Pues lo que nos duele a los humanos no es un músculo que algunos llaman corazón, sino el ego, el orgullo y el alma. Esas cosas transparentes que no se pueden medir, no se pueden cortar y tienen una voz que sin escucharse no calla y te apuñalan las sienes, el cerebro y la razón.

Después de todo no me puedo quejar. Me gustas por la adrenalina que me da estar contigo, pues pobres de los que nunca han vivido el amor sarcástico y la liberación mental que hay después de cada beso [tuyo]. Me gusta que la música me siga amansando y que a éstas horas, y pese al frío de mis dedos, me quede ilusión. Muchísima ilusión, o vida, o como lo quieras llamar. Y ganas de estar contigo también.