Ayer entendí eso que sólo el cine me hace sentir y que me incomodaba
tanto al mirar fijamente al espejo (como un jersey de lana demasiado
viejo con esos pinchitos que se le pegan en el campo). Y es que con el cine he aprendido a soñar. Es una relación visceral
entre sentir y dormir lo que no puedo vivir, entre la muerte y la vida
misma en un pedazo de saco de ideas, guiones, besos y disparos en dos
dimensiones, y un conjunto de actores bien o mal pagados.
Me gusta el cine desde pequeñita: aprovechar la adrenalina de un
conjunto de extraños que en una hora y media esperan ver algo más allá
de lo que a diario les muestra la vida, sea en la proyección que se
presenta delante o en el escote atrevido de la compañera de al lado.
Me gusta el cine por su música, y porque, a diferencia de escribir o
pensar, no duele tanto y la caprichosa realidad se hace cada vez más
afable gracias al presupuesto de Hollywood (que, curiosamente, es lo que
menos me gusta).
[a veces] La vida es eso: un cortometraje. Un guión, unos actores, un escenario y unas palomitas. Pero [a veces] la vida es más: una película, una entrada súbita del
protagonista sobre el que cae el foco principal, una banda sonora, un
paisaje, sonidos y aromas que se alargan de la pantalla hasta calarte
los huesos y, sólo entonces, entiendes el arte del que te hablo y mi
pequeña faceta cinéfila.